lunes, 8 de junio de 2015
viernes, 3 de abril de 2015
jueves, 19 de febrero de 2015
Callejón de el Niño del Rollo
El sábado mis amigos Isacio y
Elia Pertiñez , grandes conocedores de Granada, dirigirán sus pasos hacia la Fundación
Rodríguez Acosta en visita organizada por Secretos de Granada.
Una vez más no podré disfrutar de
su compañía, pero si quería dejarles un breve apunte sobre el callejón por el
que se accede al Carmen de la Fundación.
Hubo un tiempo en el que pasear
por Granada era algo especial, los niños corrían por sus calles y los hombres y
mujeres se sentaban bien en la puerta o en un improvisado merendero, los unos,
los pequeños, y los otros, los mayores, con sus vidas daban vida a nuestras calles.
Lorca, ese a quien como a Ganivet homenajean pero no leen nuestros políticos,
dijo:
“Un granadino
ciego de nacimiento y ausente muchos años de la ciudad sabría la estación del
año por lo que siente cantar en las calles”[i]
Hoy, pobre de nuestro ciego, nuestros
PoPulares
munícipes, ayudados por la oposición solo interesada en Artefactos
culturales, con un desmedido afán recaudatorio llevan a cabo la progresiva
privatización de nuestras calles (basta con asomarse a las plazas de
Bibarrambla, Pescadería, Mariana Pineda, Universidad, Trinidad, Gracia, …); de
este modo, emulando al malvado Krank de La
Ciudad de los Niños Perdidos[ii]
han conseguido hacer desaparecer los niños, la imaginación, las canciones, …
pero a diferencia de la genial creación de Jeunet, los detalles, el humor, la
deliciosa música, la belleza, … están ausentes.
Así que solo nos quedan los niños
de piedra y de uno de ellos quiero hablar. Seco de Lucena en su Guía Breve de
Granada[iii]
citaba tres calles dedicadas a niños: Niño del Rollo o Camino de la Sierra,
Niños dormidos, entre el Callejón de los Franceses y la Plaza de Capuchinas,
calle ya desaparecida, y Niños Luchando, entre Tendillas de Santa Paula y
Aranda; hoy deberíamos añadir la placeta de Inmaculada niña allá por la colonia
de la Divina Infantita, omitiendo la calle de Juan Niño dedicada a Juan Niño de
Guevara, discípulo de Alonso Cano y autor de la bella estampa de la muerte de
San Francisco Javier que se expone en la Catedral de Málaga.
A la primera de estas calles me
voy a referir.
CALLEJÓN DE EL NIÑO DEL
ROLLO
Durante la dominación árabe de
Granada, los granadinos establecieron en el extremo meridional del cerro sobre
el que se sitúa la Alhambra las llamadas Torres del Mauror o Bermejas, desde
las mismas se dominaba la judería y la Antequeruela, así como los accesos a la
Alhambra. Tras estas torres los granadinos crearon las mazmorras en las que
sufrieron prisión muchos de los prisioneros castellanos y aragoneses capturados
en continuas guerras civiles. Bermúdez de Pedraza, en su Historia Eclesiástica
de Granada, nos recuerda que el sábado 3 de enero de 1492 cinco mil cautivos
que se hallaron en las mazmorras de Granada fueron liberados, sus prisiones y cadenas
aún están expuestas en el Monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo.
Es posible que esa zona,
marginal, fuera empleada tras la conquista de Granada con idéntico fin,
presidio, lo cierto es que Vico recoge en su plataforma (1596) la denominación “Mazmorras”
e incorpora un elemento más, esa pequeña torrecilla que veis en el círculo
rojo. Pues bien, ese era el Rollo de Granada, para García López[iv]
sería una obra de manufactura árabe, opinión que no es compartida por otros
autores.
A García López debemos la imagen
del Rollo de Granada.
Similar a los numerosos rollos que se conservan, aunque en
este caso con materiales más modestos. Sirva como ejemplo la imagen del Rollo
de Alcaudete que me facilita D. Telésforo Ulierte, ilustre hijo de esa Villa:
La finalidad de éstos era la exposición a modo de
advertencia de los miembros mutilados de los cautivos castigados a la máxima
pena, “cuartos” que se colgaban de los ganchos laterales.
Pronto fue en Granada sustituida esta ubicación por la Torre
de los Quartos (su nombre indica la finalidad) al inicio de lo que durante un
tiempo se denominó Camino de Alcaudete, que al ser más transitado cumplía mejor
la función correctora. Aunque parece que la costumbre de arrojar los “quartos”
por cualquier lado era muy frecuente, como prueba que en 1614 los hermanos y cofrades del Santísimo
Sacramento y cofradía de la Misericordia se dedicaran a recoger de los caminos
los citados quartos:
“Domingo de Lázaro de este dicho año
los hermanos y cofrades del Santísimo Sacramento y cofradía de la misericordia,
que se sirve en el hospital de Corpus Christi de la ciudad de Granada, dieron
principio al piadoso entierro de los ajusticiados que hacen quartos y ponen por
los caminos; que le hicieron con la mayor pompa y celebridad que se haya visto,
con mucho y lucido acompañamiento de clerecía y cofradías y frailes de muchas
religiones, a los cuales se les dió cera y limosna acostumbrada que se les da
en los acompañamientos de los entierros. Pusieron las caxas de los
ajusticiados, que fueron cinco, en el humilladero de San Sebastián desde a
donde empeçó la procesión o entierro hasta el dicho hospital … Fue uno de los
días más celebres que se han visto en Granada y quedó establecido para perpetua
memoria con licencia que dio el señor arçobispo”[v].
Así que poco a poco dejó de ser útil y en 1620, según
Antonio Gallego y Burín[vi],
fue demolido; para Francisco Fernández Navarrete, en 1732, el Rollo aún existía
como recoge en su obra “Cielo y Suelo Granadino”.
Claro que olvidaba lo más
importante, ¿porqué niño del rollo?, así que os invito a mirar una bella obra
de Velázquez, la Adoración de los Reyes Magos:
ahora, mirad al niño envuelto en
sus pañales[vii]:
mirad al rollo:
un niño envuelto en pañales, el
niño del "Rollo"; en lo alto del cerro, entonces despejado, se veía un niño en
pañales.
Y acabo.
Paz y santa Alegría
Javier
PD. Según el Diccionario de la
Real Academia Española
ROLLO es "Columna de piedra,
ordinariamente rematada por una cruz, que antiguamente era insignia de
jurisdicción y que en muchos casos servía de picota".
ROYO, "Hongo de tamaño muy
pequeño"
[i] GARCIA
LORCA, Federico. (1984). Como Canta una ciudad de Noviembre a Noviembre. En Conferencias II. Madrid: Alianza
Editorial.
[ii] JEUNET,
Jean-Pierre (dir). (1995). La ciudad de
los niños perdidos (videograbación). Francia.
[iii] SECO
DE LUCENA, Luis. (1923). Guía Breve de
Granada. (3ª. Ed.). Granada: Tipografía comercial.
[iv] GARCÍA
LOPEZ, R. (1877, 15 de Agosto). Monumentos Árabes de Granada. La Ilustración Española y Americana.
Madrid.
[v]
HENRIQUEZ DE JORQUERA, Francisco. Anales
de Granada: Descripción del reino y ciudad de Granada. Crónica de la
Reconquista. (1482-1492). Sucesos de los años 1588 á 1646. Granada: Paulino
V. Traveset
[vi] GALLEGO
BURÍN, Antonio. (1941). El Rollo de Granada. Separata de Cuadernos de Arte, fascs. 7 al 12. Granada: Publicaciones de la
Facultad de Letras.
[vii] Se
conocía como pañal a la sabanilla o pedazo de lienzo en que se envolvían los
niños de teta. Usado en plural se tomaba por toda la envoltura.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Teatro en Granada III
Hoy, querido Armando, tengo que darte una buena nueva.
Han restituido el cuadro de San José de la calle Milagro,
desaparecido recientemente temí por su pérdida.
De momento no he podido
apreciar los efectos y calidad de la restauración pero traigo hasta aquí la
prueba.
Con ocasión de esta restitución, una vez más te convoco, reúne
a tu farándula, a los neófitos, a los noveles, a los actores consagrados, a todos los devotos
de Talia[i]
y Melpómene[ii]
y pedidle a Tespis[iii] que os
lleve en su carro, corred, … el 27 de marzo (Día Mundial del Teatro) –quedan 37 días-
pegad una placa bajo esa imagen que recuerde que allí estuvo la primitiva Casa
de Comedias de Granada, que ese suelo lo pisaron Luis de Góngora, Miguel de
Cervantes, Agustín de Rojas Villandrando[iv],
Lope de Vega, tal vez acompañando a la gran actriz Micaela de Lujan (La bella
Lucinda[v],
su amante entre 1599 y 1608). Antonio Mira de Amescua[vi],
la Caramba, …
Acudid con vuestro mejor vestuario y atrezo, recitad vuestros
mejores papeles, haced historia, disfrutad, no sea que Hades[vii]
os lleve a su reino y como nuestro querido Isidoro Máiquez[viii]
solo podáis decir: “… voy a estrenar mi última tragedia y, por
desgracia, es la primera vez que no sé el papel”.
Y poco más. Felicitad a los gestores de la Inmobiliaria
Guerrero y Ramirez, propietarios del inmueble de la calle Milagro, número 3, y
desearte …
Paz y santa Alegría
Javier
[i] Talia (en griego antiguo Θάλεια, del verbo θάλλεω, thálleô:
‘florecer’) era una de las dos musas del teatro, la que inspiraba la comedia y
también era musa de la poesía bucólica o pastoril.
[ii] En la
mitología griega, Melpómene (en griego Μελπομένη "La melodiosa") es
una de las dos Musas del teatro. Inicialmente era la Musa del Canto, de la
armonía musical, pero pasó a ser la Musa de la Tragedia como es actualmente
reconocida.
[iii] Tespis
(griego antiguo, Θέσπις: Thespis; Icaria, actual Dionýsios, Ática Oriental, fl.
ca. 550 - 500 a. C.) fue un dramaturgo griego del siglo VI a. C. Es considerado
uno de los padres griegos del teatro
[iv] Agustín de
Rojas Villandrando (Madrid, 1572 - Paredes de Nava, Palencia, antes de 1635),
escritor, actor y dramaturgo español del Siglo de Oro, especializado en el
género de la loa. Vivió en varias ciudades de España: Sevilla, Granada, donde
al prohibirse las comedias entre 1598 y 1600 tuvo que poner una mercería con la
que vivió una efímera etapa de esplendor económico, y Valladolid (1602) sin que
a veces se supiera de qué se mantenía, por lo que le llamaron "El
caballero del milagro".
[v] Belleza
singular, ingenio raro,
fuera del natural curso del cielo,
Etna de amor, que de tu mismo hielo
despides llamas, entre mármol Paro.
Sol de
hermosura, entendimiento claro,
alma dichosa en cristalino velo,
norte del mar, admiración del suelo,
émula al sol, como a la luna el faro;
milagro del
autor de cielo y tierra,
bien de naturaleza el más perfecto,
Lucinda hermosa en quien mi luz se encierra:
nieve en
blancura y fuego en el efecto,
paz de los ojos y del alma guerra,
dame a escribir, como a penar, sujeto.
[vi] Antonio
Mira de Amescua (Guadix, Granada, 1577 - ibíd., 1644), poeta y dramaturgo
español del Siglo de Oro.
[vii] En la
mitología griega Hades (en griego antiguo ᾍδης
Hadēs, originalmente Ἅιδης
Haidēs o Ἀΐδης Aïdēs
—dórico Ἀΐδας Aidas—,
‘el invisible’) alude tanto al antiguo inframundo griego como al dios de éste.
[viii] Isidoro
Máiquez (Cartagena, 1768 - Granada, 1820), actor español, considerado el mejor
de su época. Granada le dedicó un monumento, en la actualidad en la Plaza del
Padre Suarez, y Caja Granada dedicó un Teatro anexo a su Museo Memoria de
Andalucía, al que posteriormente llamó CajaGranada, quizás con el único ánimo
de recordar existió una caja de ahorros llamada Caja Granada.
miércoles, 4 de febrero de 2015
Origenes del selfie
En ocasiones el hombre en su vanidad cree haber creado el mundo.
Paz y santa Alegría
Pues bien, 19 de julio de 1915, revista "Alrededor del mundo", el hombre creó el selfie (hace solo 100 años)
http://hemerotecadigital.bne. es/issue.vm?id=0001911804& page=13&search=retratandose& lang=es
http://hemerotecadigital.bne.
Y es que "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Qohéleth, 1:2)
Paz y santa Alegría
Javier
domingo, 1 de febrero de 2015
La Candelaria
Ayer domingo alguien, de modo involuntario, me recordó que
nuestro Padre, Dios, no es ajeno al mundo; mientras mi amigo hablaba sobre la
importancia de la autoridad yo miraba a mis amigas Luisa y Luisa, Ana, Antonio, buscaba a la
Inmaculada ausente, recordaba a Karen, a mis hijas y ese viejo Nuevo Testamento
naranja que compartíamos en el que les escribí:
“Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la
tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las
revelaste a los niños.”
(¿Dónde estará el pequeño libro?
Posiblemente ellas no recordaran la frase pero hoy sé que la semilla cayó en
buena tierra)
Y es que cada día, nuestro Padre,
Dios, nos recuerda su presencia en el mundo; ajeno a lass vanidades, a los
sabios y a los entendidos, y cada año al acabar la lectura del capítulo 1 de la
carta primera a los Corintios:
“sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a
los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte”
el lector exclama: “PALABRA DE
DIOS” y la comunidad lo ratifica “TE ALABAMOS SEÑOR”. Aunque posiblemente la
rutina nos impida OIR la Palabra de Dios.
Pero hoy iba por otro tema, ya
estamos en la Candelaria, en la Presentación del Señor, hace tiempo trate de
recuperar esta fiesta pero o bien no me expliqué o bien no me entendieron y no fue
posible, así que comparto con vosotros la reflexión de Anselm Grün sobre esta
fiesta y os pido que encendáis una vela en vuestra casa y mientras escucháis
“Ich habe genug”, en la voz de Lorraine Hunt Lieberson, os perdáis alabando a
nuestro Padre, como recomienda el autor, y es que para Dios Luisa, Luisa, Ana, Antonio,
Inmaculada, Karen, Fátima, Raquel, Bibiana… “sois la luz del mundo” (Efesios 5:8).
Ich habe genug!
Mein Trost ist nur allein,
Daß Jesus mein und ich sein eigen möchte sein.
¡Ya tengo bastante!
Mi esperanza se halla tan sola,
que Jesús debería pertenecerme y
yo a Él.
17. Llevarse velas a casa (la Candelaria)
TRADICIÓNALMENTE,
el tiempo de Navidad concluía con la fiesta de la Candelaria. Hoy día, esta
liturgia se denomina «Fiesta de la Presentación del Señor». En la economía
campesina, ésta era antiguamente una fiesta importante, pues en ese día
comenzaban su servicio los criados y las sirvientas. La Iglesia oriental la
denomina «fiesta del Encuentro». Simeón y Ana se encuentran en el Templo con
María, José y el Niño. Simeón toma a éste en sus brazos y canta a la luz que
en ese niño ha resplandecido para nuestro mundo.
Para
mí, escuchar la cantata de Johann Sebastian Bach Ich habe genug, interpretada
por Dietrich Fischer-Dieskau, forma parte del rito de este día. En dicha
cantata de Bach oímos al Simeón bíblico, que ha visto en el niño la salvación
y con ello «tiene bastante» y puede ya irse en paz. Con esta música
maravillosa termina para mí el tiempo de Navidad. Ella me invita a acoger a
Cristo en mi corazón y a caminar con él a lo largo del año en la vida
cotidiana.
En
este día, al comienzo de la celebración de la Eucaristía se bendicen velas y
se encienden. Con ellas se entra en la iglesia a oscuras, y luego, al final
de la celebración, se llevan a casa. Si te es posible, toma parte este día en
el culto y llévate la vela bendecida a tu casa. Si no te es posible, enciende
ese día una vela en tu vivienda tomando conciencia de lo que eso significa.
Quizá tengas en casa una imagen o una estampa de María. Pon la vela encendida
delante de la imagen de la Virgen. María es una imagen de nosotros. Como
María, también nosotros debemos llevar a este mundo la luz de Jesucristo.
Gracias a ti, este mundo se hará más luminoso y humano. Confía en que tú
mismo llevas luz en tu interior y eres luz. La vela pretende indicarte quién
eres en el fondo: una luz que ilumina los corazones de los demás.
Bendice
la vela que vas a encender en tu vivienda. Bendecir significa decir palabras
que expresan la esencia de la vela. Puedes hacerlo con las siguientes
palabras:
«Dios
de misericordia y bondad, bendice esta vela que encendemos en la fiesta de la
Presentación del Señor. Que su luz lleve a nuestro mundo y a nuestra vida
cotidiana la luz de Jesucristo, para que también en nuestra actividad
cotidiana estemos rodeados y bendecidos por tu luz. Que tu luz, que
resplandeció en el nacimiento de Jesucristo, ilumine nuestras tinieblas. Que
lleve luz a nuestro trabajo, para que a través de él el mundo se haga más luminoso.
Y haznos sentir en esta luz la calidez de tu amor, para que con todo cuanto
hagamos y digamos se difunda en este mundo tu amor. Que esta vela brille y
caliente así la frialdad de nuestro corazón y de nuestro mundo, por Cristo
nuestro Señor. Amén».
Un
rito de luz que promete el buen éxito de nuestra vida es el siguiente...
Siéntate
en silencio delante de una vela y enciéndela con atención.
Asegúrate
con este sencillo rito de que la luz de Dios amanece sobre tu vida y te
promete que tu vida tendrá buen éxito.
Naturalmente,
sabes que el buen éxito de tu vida no depende de que enciendas la vela. Pero,
al encender la luz con atención, expresas que tu vida está bajo la promesa de
Dios: «Yo llevaré a cabo en ti lo que te he prometido».
Mira
a la luz y deja que penetre en todos los abismos de tu alma.
Mira
esos ámbitos cerrados en los que yace escondido lo reprimido y ocultado.
Mira
la oscuridad de tu tristeza, de tu miedo, de tus dudas, de tu inseguridad, de
tu vacío.
Imagina
que todo cuanto hay en ti queda iluminado por esta luz cálida y delicada de
la vela.
Con
la luz penetra en ti el amor de Dios.
Dicho
amor no te condena. Te hace saber que todo cuanto hay en ti tiene derecho a
ser. Pero todo puede también quedar transformado por la luz y por el amor.
En
este rito no se trata de pensar mucho. Sencillamente, deja penetrar la luz en
ti.
Quizá
luego sientas cómo se te caldea el corazón, cómo entra en ti el amor y te
hace saber que todo está bien.
Quizá
surjan también anhelos o necesidades o aspectos no vividos de ti mismo.
A
veces esto puede resultar doloroso.
Pero
es bueno que la luz de la vela te ponga en contacto con tu anhelo.
Te
pone de manifiesto que tu vida no es tan estrecha ni tan vacía como a veces
te parece.
En ti
está Su luz. Él quiere iluminar todo cuanto hay en ti, sanarlo, llenarlo de
amor y de esperanza.
|
Anselm Grün. 50 ritos para la
vida. Sal Terrae.
martes, 14 de octubre de 2014
El Compadre Felipe
Hoy, 14 de octubre de 2014, se
cumple el 513 aniversario de la erección de la Parroquia de San Andrés de
Granada. Parroquia que a sus muchos méritos añade la de haber tenido como
padrino de un bautizo a un rey de España. Como
a la historia publicada no creo deba añadir algo más, os la traslado.
Quienes conocemos al párroco actual podemos afirmar que poco tiene que ver con el de la historia.
Paz y santa
Alegría,
Javier
EL COMPADRE DEL TORNERO
(Tradición de Granada)
Por Luis López
Ballesteros
El nombre y los hechos del
sombrío Austria "llenan muchas páginas de la historia; pero en esa leyenda
popular, transmitida de padres a hijos, ha dejado también un recuerdo, negro como
la ropilla que vestía, y un buen número de tradiciones que atestiguan el
respeto, mejor dicho, el miedo que inspiraba.
¿Quien no recuerda el caso aquel
ocurrido a uno de sus secretarios, que confundió la salvadera con el tintero y
en presencia del regio amo emborronó el papel en que escribió? ¿Quién no tiene
en la memoria algún pasaje de los muchos que andan en boca del vulgo,
corregidos y aumentados por la fecunda vena del pueblo? El que voy a relatar
ocurrió en Granada.
Y fue así:
Aunque apenas habían repicado el
toque de animas en la torre de la catedral, soplaba de tal manera el cierzo de
Sierra Nevada y era tan mortecina y triste la luz del crepúsculo, que las
tortuosas callejas granadinas estaban desiertas. Digo, pues, que los buenos
vecinos de la antigua corte de los Nazaritas no daban señales de vida, y que la
ronda que velaba por su tranquilidad con la vara de la ley en la mano, no topó,
aquel obscurecer pálido y frío, más que con la densa neblina, y a Io más, a lo
más, con algún rondador enamorado que, de pechos en el moruno ajimez, daba
gracias a la obscuridad y a su buena suerte.
Por una de las calles más
estrechas y solitarias cruzaban dos hidalgos, y aunque el traje los igualaba,
conocíase por el respetuoso ademán de uno de ellos que el otro picaba más alto
en alcurnia y en señorío. Caminaban los dos en silencio, cuando de pronto, al
doblar un ángulo de la calleja, sonaron voces y gemidos que parecían salir como
del fondo de una tumba, y ambos se detuvieron delante de una casa de miserable
aspecto.
Uno de los hidalgos exclamó:
— No
parecen muy satisfechos los habitantes de esta casa, maese Pérez.
— No,
en verdad, señor, a juzgar por sus voces y su lloriqueo.
Llegó éste a tal punto, que d
hidalgo volvió a exclamar:
— Por
mi vida, que algo grave ocurre a esa pobre gente. Subid, maese Pérez, y ved lo
que pasa para tal desconsuelo, que no parece sino que se trata de su salvación
eterna.
Maese Pérez obedeció la orden.
Subió, empujó una puertecilla, y a la luz moribunda de un menguado candil
columbró una estancia mezquina y apiñados en ella una mujer, joven aún, una
vieja que estrechaba en sus brazos a una criatura y un hombre que, como
agazapado en un rincón, miraba hoscamente al suelo.
Maese Pérez abarcó de una mirada
el cuadro, murmuró un “Dios os guarde" y preguntó:
— ¿Podéis
decirme a qué vienen tales lamentos? Cruzaba por la calle y subí al oírlos, por
eso os interrogo.
Tranquilizada con estas razones
la anciana contestó:
— Sepa
vuestra merced, señor hidalgo, que a mi hija, que está aquí presente para
serviros, le nació ayer un hijo de legitimo matrimonio, y aunque es ella, y
somos todos, si pobres y miserables, cristianos viejos y buenos servidores del
rey nuestro señor, el cura de San Andrés — que es nuestro párroco — se niega a
bautizar a la inocente criatura porque no tenemos en el arca ni un solo
maravedí ni de dónde nos venga para pagarle sus gajes y saldar los derechos de
pila. Mire vuestra merced si tiene causa justa nuestro quebranto y si no clama
a Dios tamaña crueldad y avaricia.
Maese Pérez oyó las sencillas
razones de la vieja, y cuando hubo concluido dirigióse a la madre del niño y
preguntóle:
— ¿Es
cierto lo que dice esta anciana, buena mujer? Que cuidéis os digo — prosiguió —
de decir la verdad; porque, en Dios y en mi ánima que si lo fuere lo apuntado,
merece el reverendo padre perder, por bellaco, las dos orejas. Hablad, pues,
con tiento.
— Señor,
lo que mi madre os dijo no es sino el evangelio, y eso mismo os repetirá todo
el barrio si preguntado fuere.
Echóse a llorar la joven, y el
hidalgo que tan a conciencia llevaba su inquisitoria, preguntó al marido:
— Y
vos, ¿qué decís a todo esto?
— Digo
y aun juro por la Santísima Virgen de las Angustias, contestó bruscamente el
tornero — tal era su oficio — que ha de vérselas conmigo el grandísimo
sinvergüenza que por un puñado de negros y maldecidos ochavos morunos, le
regatea hasta la salvación eterna a nuestro hijo.
Terminado el interrogatorio,
maese Pérez paseó su mirada escudriñadora por la mísera estancia y miró con
ternura al niño dormido sobre el regazo de la abuela. Aquel hombre de rostro
serio y facciones duras parecía conmovido. Iba ya a sacar unas cuantas doblas
de la bien repleta bolsa, cuando de pronto, haciendo un gesto irónico casi
imperceptible, “esperad" — dijo a la familia del tornero; y ya fuera de la
habitación, añadió en voz baja y sombría: — “Demos ocasión a la vanidad de los
poderosos; a “él” debe corresponderá toda la “gloria" de esta acción.
El embozado le esperaba con
impaciencia, y apenas apareció en el hueco del portal la negra silueta de su
acompañante, le interrogó brevemente:
— Veamos,
maese Pérez, ¿sabéis ya lo que ocurre?
— Señor,
la injusticia más grande que he visto en mi vida; un sacerdote que se niega a
cristianar a una infeliz criatura porque los padres no tienen para el bautizo.
— ¿Y
ésos que lloraban?...
— Son
la madre y la abuela, señor; el padre, que es un infeliz tornero, está también
arriba jurando por la Virgen de las Angustias que ha de pagárselas el reverendo
padre.
— Cosa
grave es entregarse a la desesperación, maese Pérez. Pero vamos en su auxilio,
que así Dios me salve si éste no es un caso de conciencia.
El embozado dió un paso hacia el
portal.
— Señor,
¿vais a subir por esa sucia y angosta escalera?
— Callad,
maese Pérez, más angosta es la de la vida y la subimos todos. ¡Feliz el que
halla a Dios al pisar el último peldaño!
Maese Pérez se inclinó
respetuosamente.
Poco después, la familia del
menestral contemplaba con ojos asombrados al misterioso hidalgo... El cual bajó
por primera vez el embozo de su capilla, y a la escasa luz del candil pudieron
columbrar un rostro sombrío, como encajado en el marco de una barba rojiza y
puntiaguda. Amplia gorguera de finísimo encaje ceñía el cuello del caballero y
sobre la negra ropa que cubría su busto relucía una maciza cadenilla de oro.
— ¿Es
éste el niño? — preguntó a la abuela que mecía en sus brazos a la inocente
criatura.
— Este
es, señor, — respondió la anciana mirando con embeleso a su nietecito.
El de la barba roja clavó en él
la mirada, y al fin, con acento reposado y solemne, exclamó:
— Pues
alegraos, buena mujer.
Y luego, dirigiéndose a la madre,
a quien el respeto había hecho enmudecer:
— Yo
seré, - añadió — el padrino de vuestro hijo. Llevadlo mañana a la casa de Dios
y allí me encontraréis.
Dejó sobre la mesa una bolsa de
oro, y antes de que la sorpresa cediera su puesto a la gratitud, se dirigió
hacia la puertecilla, y posando una mirada severa en el tornero, murmuró con
acento glacial:
— La
Virgen de las Angustias os ha oído; cuidad de aquí en adelante de no jurar
venganzas en su santo nombre.
Salieron, y ya en la desierta y
lóbrega calleja se oyó una voz grave que preguntaba:
— ¿Sabéis
quién es el cura, maese Pérez?
— Sí
tal, señor; el cura de San Andrés.
— Pues
no lo olvidéis — dijo.
E inclinando la cabeza sobre el
pecho, guardó silencio.
A la mañana siguiente, maese
Pérez entraba en la iglesia de San Andrés.
— ¿Sois
vos el cura párroco?
— Yo
lo soy, por la bondad de Dios — contestó el interpelado.
— Mucha
será la suya, buen padre.
— ¿Lo
decís por la que a mi me otorga? — exclamó amostazado el sacerdote, que había
cazado al vuelo la réplica.
Maese Pérez no contestó.
— Tomad
— le dijo — estos escudos y revestid de sus mejores ornamentos este santo
templo. A la hora del “Ángelus” bautizaréis a un niño. Cuidad de cumplir mis
órdenes y preparadlo todo, porque os importa mucho.
Hizo una reverencia y salió.
Poco antes de sonar en la torre
de la catedral las doce campanadas del mediodía, la familia del tornero llegó a
la iglesia. Llevaba la madre el niño en sus brazos, y por todo cortejo la
abuela vistiendo juboncillo y falda de estameña, y el padre con trusa
dominguera, limpio calzón y borceguí de cuero, mercado todo aquel mismo con los
doblones del hidalgo.
."—Mucho tendremos que
esperar — dijo la anciana contemplando la iglesia adornada lujosamente, — parece
que hoy repican gordo.
Acertó a cruzar por allí el
codicioso párroco, “Con gesto más avinagrado que de costumbre quizá porque
recordaba la picante alusión de maese Pérez a la infinita bondad de Dios — se
encaró con los importunos gritándoles sin Pizca de caridad:
— ¿Otra
vez aquí? Ya os he dicho que en San Andrés no se bautiza de balde... ¡Con que
largo!
— Y
yo os afirmo lo contrario, reverendo padre — murmuró a su espalda una voz.
Y mientras el cura buscaba,
sorprendido y colérico, a aquel que le contradecía tan terminantemente, el
tornero, su mujer y la anciana reconocían al hidalgo de la ropilla negra, la
barba rojiza y puntiaguda y el mirar sombrío...
— ¡El
desconocido! — exclamaron los tres.
— El
padrino, queréis decir. Os lo prometí, y yo nunca falto a mi palabra. Ya lo
oís, padre; yo apadrino a esta criatura. Estas galas que resisten los muros son
para él; con que así, apresurad la ceremonia.
El niño recibió, por fin, sobre
su inocente cabeza aquella agua bautismal tan regateada Por la codicia del
párroco.
Quedaba por cumplir el trámite de
la inscripción en el registro parroquial, y el párroco de San Andrés, colérico
y mohíno, interrogó bruscamente:
— ¿Vuestro
nombre?
— Me
llamo Gil Pérez, señor — respondió el tornero.
— ¿Y
vos?
— María
de las Angustias...
— Bien.
Ahora el padrino... ¿Os llamáis?. ..
El hidalgo contestó:
— Me
llamo Felipe.
— Felipe
¿de qué?
— Felipe
— volvió a repetir secamente el interpelado.
El cura añadió con ira:
— ¿Tal
es vuestro apellido que os pesa el declararlo?
El desconocido se puso en pie
violentamente, y una ola de sangre enrojeció sus marmóreas facciones. Después,
más pálido que un muerto, pero con profunda y siniestra calma, dijo con voz
solemne y señalando al libro parroquial:
— Señor
cura, poned ahí... Felipe II de Austria, rey católico de España y de sus
Indias.
El párroco de San Andrés abrió
desmesuradamente los ojos, su cuerpo se sacudió bruscamente, quiso, hablar y
cayó muerto.
En el folio correspondiente a la
partida bautismal del hijo del tornero, que se conserva aún en la parroquia de
San Andrés de Granada, hay un borrón sobre el nombre del padrino y sigue luego
la inscripción de letra distinta, perteneciente al teniente cura que terminó el
acto.
Así fue un humilde menestral el
"compadre" del rey más poderoso de la tierra.
El que en este relato ha figurado
con el nombre de maese Pérez, no era sino Antonio Pérez, el célebre secretario
de Felipe II.
López Ballesteros, L. Caras y
Caretas, Buenos Aires (Argentina). Mayo de 1935.
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