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martes, 1 de enero de 2019

Chicharras en Noche Buena

En estos días ha circulado con frecuencia la imagen que reproduzco, una vendedora de zambombas en la Acera del Darro de nuestra ciudad.


La mayoría de los comentaristas se han parado en las zambombas que aparecen en esa bella imagen, aunque alguno ha querido ver algo más: pequeño globos ensartados en pequeñas cañas o juncos de ribera destinados al recreo de los más pequeños; cañas de azúcar, olvidando que la zafra se hacía en el segundo trimestre del año, y hasta vendedores de cerillas u mecheros.
Trataré de aportar mi modesta opinión que creo más cercana a la realidad.
En alguna ocasión comenté la presencia de chicharras de mano en estas fiestas navideñas, en esa foto no se ve ninguna, pero si se ven distintas pistas que me inclinan a pensar que esos pequeños globos, o grandes, que también aparecen en el documento fotográfico, no son más que otro modelo de chicharra; la RAE en ese tesoro que pone en manos de todos los hablantes del español nos dice que una Chicharra es:

2. f. Juguete que usan los niños por Navidad, y consiste generalmente en un canuto corto, tapado por uno de sus extremos con un pergamino estirado, en cuyo centro se coloca una cerda o una hebra de seda encerada. Pasando por ellas los dedos, hace un ruido tan desapacible como el canto de la cigarra.

Lo que conocemos como chicharra con una guita o cuerda.

Y

5. f. And. Juguete infantil que consiste en una vejiga inflada sujeta a un palo, sobre la cual se atiranta una cuerda que se hace sonar con un arco a modo de violín.

Que son los globos que nos ocupan.

Copio de la obra de Ramón Rodríguez “El Corazón de la Besana”, Granada 2013:

Chicharra: cordófono de arco de afinación fija construido a partir de un palo tensado con una tripa de cerdo y amplificado por tres vejigas infladas que penden de lo alto.

Las chicharras podrían hacerse bien con tres vejigas como señala Ramón Rodríguez o como señalan otros con una sola vejiga para un uso más doméstico lo que evitaba imperase su ruido en casa, en el grabado de “Los niños en Noche-Buena” podemos ver a la izquierda, las dos chicharras, el niño de la izquierda sostiene el canuto con una mano y tira del cordel con la mano derecha –chicharra de cordel-, su compañero sostiene la chicharra de arco con una vejiga –chicharra con caña-.


Estas chicharras formaron parte durante muchos años de nuestras tradiciones, repasando referencias debo citar a Santiago Rusiñol, el genial pintor, que pintó Granada con pinceles y palabras (http://www.granadahoy.com/…/Rusinol-pinto-Granada-pinceles-…) en los artículos que bajo el título de “Crónicas de Andalucía”, decía: “… pero antes queríamos ver las fiestas de Navidad y sobre todo la Fiesta de la rendición de Granada, conmemorada aquí … de panderetas, las zambombas resonaban por las valles, las chicharras gruñían por todas partes, y la triste Granada, la melancólica ciudad cristianizada, se embriagaba de alegría, cantaba en ayes flamencos y lanzaba notas del agudo más subido.” (La Vanguardia, 23 de enero de 1896, páginas 4 y 5).

A Antonio J. Afán de Ribera, quien en 1901 nos recordaba que “La tradicional chicharra esa parodia de los rabeles pastoriles de los primitivos tiempos, que con sus discordantes sones hace más llevaderos los de la clásica zambomba en las canciones de Noche buena, ha aparecido este año con una novedad inverosímil” y nos informaba se incorporaba el color rojo a las vejigas o botijas, anticipándose 30 años al invento yanqui del color rojo en Navidad (se atribuye al dibujante Sundblom la incorporación de ese color en la decoración navideña con sus ilustraciones para Coca-Cola de Papa Noel en 1931)


También a José Surroca y Grau en su obra “Granada y sus costumbres” –Granada, 1912-, quien nos informa que las fiestas navideñas se celebraban en Granada con “extraordinario regocijo, por las calles o en familia, que ante los Nacimientos, cantan coplas al niño Jesús, acompañadas de panderetas, zambombas, chicharras, tambores y rabeles.”

Y, como no, a nuestro García Lorca, quien en su conferencia “Como canta una ciudad de Noviembre a Noviembre”, decía: “Pero avanza diciembre, el cielo se queda limpio, llegan las manadas de pavos y un son de panderetas, chicharras y zambombas se apodera de la ciudad. Por las noches dentro de las casas cerradas se sigue oyendo el mismo ritmo, que sale por las ventanas y las chimeneas como nacido directamente de la tierra."

Estas chicharras permanecieron mucho tiempo con nosotros, debo recordar que en 1949, el 25 de diciembre, en la primera plana de IDEAL el genial Zirto, uno de los mejores periodistas que han retratado Granada (Zirto, Cándido García Ortiz de Villajos, toledano de nacimiento y granadino por convicción, redactor jefe de IDEAL durante muchos años y Jefe de Administración de la Hacienda Pública en Granada, publicó durante decenas unas siluetas de Granada), nos recordaba que ya están a la venta las chicharras.


Y poco más, vuelvo a la foto, los arcos, unos de varilla de membrillo, otros de mimbre, reposan al pie de nuestra vendedora; a ella se aproxima una ¿cliente? ¿proveedora? ¿compañera? con unas cañas gruesas y largas, que posiblemente solo pretende hacer una chicharra más grande como corresponde a las gruesas vejigas que hay en el suelo, los “señoricos” del Casino quizás sean los usuarios de esas chicharras, chicharras que, como señala, Afán de Ribera, “al terminar la huelga, es de ordenanza pisotearla para que cruja, parecerá que va a brotar un charquillo de sangre en vez del blanquecino y arrugado pellejo, sin variación en tantos siglos”.


La imagen del vendedor de Chicharras procede del Museo de Música Tradicional de Gaena.
https://www.cabraenelrecuerdo.com/gaena-ampliadas.php

Un abrazo para todos, el primero de este año, aventuras excepcionales están abriendo sus puertas para nosotros. Conocer Granada. Amar Granada. Vivir Granada.

viernes, 16 de marzo de 2018

Domingo de Lázaro


Días pasados leía la noticia de un militar español que ha recibido la máxima condecoración militar de la UE por su actuación en Mali repeliendo un ataque yihadista, me sorprendía porque son muy escasos los merecedores de esa distinción –cinco-; porque es el único español que la ha recibido, y porque su hazaña bélica, perdón, con armas en defensa de población civil, la realizó en bañador –era lo que llevaba en ese momento-. Pero especialmente por sus palabras: “Uno es militar las 24 horas del día. Nunca cuelgas el uniforme”, máxime cuando iba en bañador.
El comandante Franco Fernández merece esa distinción y nuestro reconocimiento.
La noticia y especialmente sus palabras me recordaron nuestro presente, el médico ya no vive en el pueblo, hoy suena extraño decir que un médico, p. ej. d. Emilio Jiménez Amigo, se dedicó cincuenta años al barrio en que vivía –el Albayzín-, claro que quizás sea la placa que le dedicaron en el barrio la única dedicada a un médico; el maestro ya no se vive en el pueblo al que sirve; el farmacéutico, más de lo mismo; el guardia civil, ídem, eadem; el cura,… ¿Quién le puede comentar a cualquiera de ellos ¿cómo está Isabel la buñolera?, ninguno la conoce. Qué pena. Pocos pueden decir como el Comandante Franco que su vocación ocupa las 24 horas del día, hasta cuando se está en bañador.
Pero una vez más me he desviado, el tema de hoy era el tiempo litúrgico, me explicaré, en estas semanas me he dedicado en unos medios u otros a recoger por escrito mis recuerdos de Cuaresma, si un día os recordé el Domingo de Rebeca o del Oculi, otro os hablé del llamado Miércoles de Epheta, del sordo, o del ciego, que ambas denominaciones sobrevivían, en el que los catecúmenos que iban a ser recibidos en la Pascua eran examinados; miércoles en el que los niños celebrábamos el entierro de la vieja, costumbre que ya comenté anteriormente por lo que omito su descripción que encontrareis en otra entrada de este blog; otro día lo dediqué al Domingo de Laetare o de los Cinco Panes, día en el que los Papas bendicen la Rosa de Oro, y hoy me toca el último, el V Domingo de Pascua, el próximo día 18, llamado Domingo de Lázaro o Domingo de Pascua. Y a él quiero dedicar este comentario.
Comenzaré diciendo que yo fui un niño afortunado, viví mi infancia en la Acera del Darro dónde nací, lugar que por aquellos años era una de las dos entradas de Granada, a Granada se entraba por el Triunfo o por el Puente del Genil, a veinte metros escasos de mi casa estaba la parada de todos los tranvías de la vega y un poco más allá la parada de las “alsinas”, el circo se instalaba en mi puerta, la feria a unos pasos, los ebanistas recogían álamos en la encrucijada del Genil con el Darro, las gatas parían bajo el puente, por el puente pasaban centenares de personajes y como decía el dicho popular “todos los días pasa un tonto por el puente del Genil”, aprendí a reconocerlos por la sombra, en especial a los que gastaban o gastan, que aún los hay, ínfulas, llevaran toga, birrete o alzacuellos.
¡Ay!, una vez más me alejo, trataré de centrarme. El V Domingo de Cuaresma era un día especial, la luna nueva que siempre le precede –como recordaréis la Semana Santa se celebra el primer domingo de luna llena después del equinoccio primaveral (alrededor del 21 de marzo), luego el domingo anterior al de Ramos cae después de la Luna nueva-, nos recordaba que tras la muerte corporal hay una vida gloriosa y la Iglesia desde tiempo secular quiso que en este domingo los cristianos recordáramos la Resurrección de Lázaro, lectura que durante mucho tiempo se hacia este día.
En el mismo día, junto a la belleza de la Resurrección, se realizaba –si mal no recuerdo- el “oscurecimiento” de nuestras iglesias, los altares se cubrían de inmensos paños morados, toda la estructura del edificio parecía llamarnos al arrepentimiento, al silencio, a la esperanza en la Resurrección de Jesús que ya veíamos próxima.
Este Domingo de Lázaro es una de las costumbres más antiguas documentadas sobre la pasión, nuestros hermanos ortodoxos lo celebran el sábado previo al Domingo de Ramos y ya nuestra paisana la virgen Egeria narra que en el año 382 se acostumbraba en Jerusalén a congregarse a la hora séptima, la una después del mediodía, en el Lazarium o Betania donde se celebraba con cánticos y lecturas la resurrección de Lázaro.
La costumbre se extendió con el tiempo a toda la cristiandad, unos, los ortodoxos, continúan celebrándolo el sábado previo al Domingo de Ramos; otros, los católicos e iglesias segregadas de esta corriente, lo celebran el domingo anterior –debo agradecer a mi amigo el pastor Metodista Fernando Santillana sus comunicaciones desde Centroamérica sobre éstas y otras celebraciones-. Costumbre que algún amigo mío quiso ver como exclusiva de Granada (Mariano Cruz Romero, Ritual de la Cocina Albaycinera, pág. 16) pero que no lo es.
Lo que si es propio de Granada, que no solo del Albayzín como apuntaba mi amigo Mariano –excelente persona con la que compartí juegos infantiles y más-, son los Roscos de San Lázaro, costumbre ya casi desparecida. Debo a mis amigos José Miguel Reyes, excelente conocedor de las tradiciones molineras de Granada, y David Cuerva, párroco de Viznar, la localización de establecimientos que vendan en estos días éstos roscos, los dulces, previo encargo en la casa Pasteles, los de siempre, los roscos de garbanzo en los quioscos de Plaza Nueva y Plaza de la Mariana y en la panadería de la calle de San Antón.




Pero si he de ser sincero debo citar también las costumbres más crueles alrededor de este este domingo, costumbres que desaparecieron en 1834, imagináis, ayer, que a veces creemos que son costumbres medievales, y es que hasta dicho año se mantuvo la costumbre de que la Hermandad del Santísimo Sacramento y Cofradía de la Misericordia, del Hospital del Corpus Christi diera entierro piadoso a los cuerpos de los ajusticiados en el año anterior; tras la ejecución de los condenados sus cuartos –entiéndase fragmentos del cuerpo humano- o cadáveres se mantenían a la vista, sin darles sepultura, un palo señalaba su localización y servía para que el viajante, en nuestro caso, los que atravesaban el puente arrojaban una piedra sobre ellos a la vez que rezaban un padre nuestro para su eterno descanso.Este día se recogían los restos, cráneos con restos de pelo, huesos destrozados por las alimañas,…, y se exponían sobre una inmunda bayeta para recoger fondos para la Hermandad.
Como dicen antiguos documentos:
«Está fundada en este hospital una grandiosa cofradía, con título del Santísimo Cuerpo y Cristo y Misericordia, exenta del prelado para la provisión del  rector. que se ha de proveer en hijo de  hermano y cofrade. Acompaña esta cofradía a los ajusticiados con mucha cera y los entierra y ansi mesmo hace el domingo de Lázaro una solemnísima procesión o entierro a los que han echo quartos o han asaetado, cuyas casas llega la mayor nobleza y caballería de Granada y los entierros en capilla dedicada para este efecto. Gánase todos los días en esta santa casa indulgencias plenarias, por donde es muy frecuentada y se celebran en ella muchas misas, hasta la una del día, a donde todos los clérigos pobres y forasteros tienen cierta limosna de la misa. Hacen los hermanos desta insigne cofradía grandes y apretadas pruebas de cristianos viejos, y a los que vienen a pobreza se les acude con limosnas y loa entierran a costa de la cofradía».
Y acabo, que mañana a mediodía me pillará la luna nueva que anuncia la resurrección de Lázaro y debo descansar-
Y además no todo tiene que ser triste, os he recordado que se `puede reconocer a un tonto lleve toga, alzacuellos o birrete, os he recordado los roscos de san Lázaro, y lo más importante os recuerdo la certeza de que valemos mucho para Dios (Isaías 43:4-6), confiad en Él.
Paz y santa Alegría
Javier

martes, 14 de octubre de 2014

El Compadre Felipe


Hoy, 14 de octubre de 2014, se cumple el 513 aniversario de la erección de la Parroquia de San Andrés de Granada. Parroquia que a sus muchos méritos añade la de haber tenido como padrino de un bautizo a un rey de España. Como  a la historia publicada no creo deba añadir algo más,  os la traslado.

Quienes conocemos al párroco actual podemos afirmar que poco tiene que ver con el de la historia.
Paz y santa Alegría,
Javier
 

 

EL COMPADRE DEL TORNERO

(Tradición de Granada)

Por Luis López Ballesteros

 
Reinaba a la sazón en España la católica majestad del señor rey don Felipe II. El césar Carlos V, su augusto padre, encerraba a los pontífices en el castillo de Santangelo, y su piadoso heredero daba carne humana a las hogueras en tanto que rezaba por el alma los atormentados.

El nombre y los hechos del sombrío Austria "llenan muchas páginas de la historia; pero en esa leyenda popular, transmitida de padres a hijos, ha dejado también un recuerdo, negro como la ropilla que vestía, y un buen número de tradiciones que atestiguan el respeto, mejor dicho, el miedo que inspiraba.

¿Quien no recuerda el caso aquel ocurrido a uno de sus secretarios, que confundió la salvadera con el tintero y en presencia del regio amo emborronó el papel en que escribió? ¿Quién no tiene en la memoria algún pasaje de los muchos que andan en boca del vulgo, corregidos y aumentados por la fecunda vena del pueblo? El que voy a relatar ocurrió en Granada.

Y fue así:

Aunque apenas habían repicado el toque de animas en la torre de la catedral, soplaba de tal manera el cierzo de Sierra Nevada y era tan mortecina y triste la luz del crepúsculo, que las tortuosas callejas granadinas estaban desiertas. Digo, pues, que los buenos vecinos de la antigua corte de los Nazaritas no daban señales de vida, y que la ronda que velaba por su tranquilidad con la vara de la ley en la mano, no topó, aquel obscurecer pálido y frío, más que con la densa neblina, y a Io más, a lo más, con algún rondador enamorado que, de pechos en el moruno ajimez, daba gracias a la obscuridad y a su buena suerte.

Por una de las calles más estrechas y solitarias cruzaban dos hidalgos, y aunque el traje los igualaba, conocíase por el respetuoso ademán de uno de ellos que el otro picaba más alto en alcurnia y en señorío. Caminaban los dos en silencio, cuando de pronto, al doblar un ángulo de la calleja, sonaron voces y gemidos que parecían salir como del fondo de una tumba, y ambos se detuvieron delante de una casa de miserable aspecto.

Uno de los hidalgos exclamó:

—           No parecen muy satisfechos los habitantes de esta casa, maese Pérez.

—           No, en verdad, señor, a juzgar por sus voces y su lloriqueo.

Llegó éste a tal punto, que d hidalgo volvió a exclamar:

—           Por mi vida, que algo grave ocurre a esa pobre gente. Subid, maese Pérez, y ved lo que pasa para tal desconsuelo, que no parece sino que se trata de su salvación eterna.

Maese Pérez obedeció la orden. Subió, empujó una puertecilla, y a la luz moribunda de un menguado candil columbró una estancia mezquina y apiñados en ella una mujer, joven aún, una vieja que estrechaba en sus brazos a una criatura y un hombre que, como agazapado en un rincón, miraba hoscamente al suelo.

Maese Pérez abarcó de una mirada el cuadro, murmuró un “Dios os guarde" y preguntó:

—           ¿Podéis decirme a qué vienen tales lamentos? Cruzaba por la calle y subí al oírlos, por eso os interrogo.

Tranquilizada con estas razones la anciana contestó:

—           Sepa vuestra merced, señor hidalgo, que a mi hija, que está aquí presente para serviros, le nació ayer un hijo de legitimo matrimonio, y aunque es ella, y somos todos, si pobres y miserables, cristianos viejos y buenos servidores del rey nuestro señor, el cura de San Andrés — que es nuestro párroco — se niega a bautizar a la inocente criatura porque no tenemos en el arca ni un solo maravedí ni de dónde nos venga para pagarle sus gajes y saldar los derechos de pila. Mire vuestra merced si tiene causa justa nuestro quebranto y si no clama a Dios tamaña crueldad y avaricia.

Maese Pérez oyó las sencillas razones de la vieja, y cuando hubo concluido dirigióse a la madre del niño y preguntóle:

—           ¿Es cierto lo que dice esta anciana, buena mujer? Que cuidéis os digo — prosiguió — de decir la verdad; porque, en Dios y en mi ánima que si lo fuere lo apuntado, merece el reverendo padre perder, por bellaco, las dos orejas. Hablad, pues, con tiento.

—           Señor, lo que mi madre os dijo no es sino el evangelio, y eso mismo os repetirá todo el barrio si preguntado fuere.

Echóse a llorar la joven, y el hidalgo que tan a conciencia llevaba su inquisitoria, preguntó al marido:

—           Y vos, ¿qué decís a todo esto?

—           Digo y aun juro por la Santísima Virgen de las Angustias, contestó bruscamente el tornero — tal era su oficio — que ha de vérselas conmigo el grandísimo sinvergüenza que por un puñado de negros y maldecidos ochavos morunos, le regatea hasta la salvación eterna a nuestro hijo.

Terminado el interrogatorio, maese Pérez paseó su mirada escudriñadora por la mísera estancia y miró con ternura al niño dormido sobre el regazo de la abuela. Aquel hombre de rostro serio y facciones duras parecía conmovido. Iba ya a sacar unas cuantas doblas de la bien repleta bolsa, cuando de pronto, haciendo un gesto irónico casi imperceptible, “esperad" — dijo a la familia del tornero; y ya fuera de la habitación, añadió en voz baja y sombría: — “Demos ocasión a la vanidad de los poderosos; a “él” debe corresponderá toda la “gloria" de esta acción.

El embozado le esperaba con impaciencia, y apenas apareció en el hueco del portal la negra silueta de su acompañante, le interrogó brevemente:

—           Veamos, maese Pérez, ¿sabéis ya lo que ocurre?

—           Señor, la injusticia más grande que he visto en mi vida; un sacerdote que se niega a cristianar a una infeliz criatura porque los padres no tienen para el bautizo.

—           ¿Y ésos que lloraban?...

—           Son la madre y la abuela, señor; el padre, que es un infeliz tornero, está también arriba jurando por la Virgen de las Angustias que ha de pagárselas el reverendo padre.

—           Cosa grave es entregarse a la desesperación, maese Pérez. Pero vamos en su auxilio, que así Dios me salve si éste no es un caso de conciencia.

El embozado dió un paso hacia el portal.

—           Señor, ¿vais a subir por esa sucia y angosta escalera?

—           Callad, maese Pérez, más angosta es la de la vida y la subimos todos. ¡Feliz el que halla a Dios al pisar el último peldaño!

Maese Pérez se inclinó respetuosamente.

Poco después, la familia del menestral contemplaba con ojos asombrados al misterioso hidalgo... El cual bajó por primera vez el embozo de su capilla, y a la escasa luz del candil pudieron columbrar un rostro sombrío, como encajado en el marco de una barba rojiza y puntiaguda. Amplia gorguera de finísimo encaje ceñía el cuello del caballero y sobre la negra ropa que cubría su busto relucía una maciza cadenilla de oro.

—           ¿Es éste el niño? — preguntó a la abuela que mecía en sus brazos a la inocente criatura.

—           Este es, señor, — respondió la anciana mirando con embeleso a su nietecito.

El de la barba roja clavó en él la mirada, y al fin, con acento reposado y solemne, exclamó:

—           Pues alegraos, buena mujer.

Y luego, dirigiéndose a la madre, a quien el respeto había hecho enmudecer:

—           Yo seré, - añadió — el padrino de vuestro hijo. Llevadlo mañana a la casa de Dios y allí me encontraréis.

Dejó sobre la mesa una bolsa de oro, y antes de que la sorpresa cediera su puesto a la gratitud, se dirigió hacia la puertecilla, y posando una mirada severa en el tornero, murmuró con acento glacial:

—           La Virgen de las Angustias os ha oído; cuidad de aquí en adelante de no jurar venganzas en su santo nombre.

Salieron, y ya en la desierta y lóbrega calleja se oyó una voz grave que preguntaba:

—           ¿Sabéis quién es el cura, maese Pérez?

—           Sí tal, señor; el cura de San Andrés.

—           Pues no lo olvidéis — dijo.

E inclinando la cabeza sobre el pecho, guardó silencio.

A la mañana siguiente, maese Pérez entraba en la iglesia de San Andrés.

—           ¿Sois vos el cura párroco?

—           Yo lo soy, por la bondad de Dios — contestó el interpelado.

—           Mucha será la suya, buen padre.

—           ¿Lo decís por la que a mi me otorga? — exclamó amostazado el sacerdote, que había cazado al vuelo la réplica.

Maese Pérez no contestó.

—           Tomad — le dijo — estos escudos y revestid de sus mejores ornamentos este santo templo. A la hora del “Ángelus” bautizaréis a un niño. Cuidad de cumplir mis órdenes y preparadlo todo, porque os importa mucho.

Hizo una reverencia y salió.

Poco antes de sonar en la torre de la catedral las doce campanadas del mediodía, la familia del tornero llegó a la iglesia. Llevaba la madre el niño en sus brazos, y por todo cortejo la abuela vistiendo juboncillo y falda de estameña, y el padre con trusa dominguera, limpio calzón y borceguí de cuero, mercado todo aquel mismo con los doblones del hidalgo.

."—Mucho tendremos que esperar — dijo la anciana contemplando la iglesia adornada lujosamente, — parece que hoy repican gordo.

Acertó a cruzar por allí el codicioso párroco, “Con gesto más avinagrado que de costumbre quizá porque recordaba la picante alusión de maese Pérez a la infinita bondad de Dios — se encaró con los importunos gritándoles sin Pizca de caridad:

—           ¿Otra vez aquí? Ya os he dicho que en San Andrés no se bautiza de balde... ¡Con que largo!

—           Y yo os afirmo lo contrario, reverendo padre — murmuró a su espalda una voz.

Y mientras el cura buscaba, sorprendido y colérico, a aquel que le contradecía tan terminantemente, el tornero, su mujer y la anciana reconocían al hidalgo de la ropilla negra, la barba rojiza y puntiaguda y el mirar sombrío...

—           ¡El desconocido! — exclamaron los tres.

—           El padrino, queréis decir. Os lo prometí, y yo nunca falto a mi palabra. Ya lo oís, padre; yo apadrino a esta criatura. Estas galas que resisten los muros son para él; con que así, apresurad la ceremonia.

El niño recibió, por fin, sobre su inocente cabeza aquella agua bautismal tan regateada Por la codicia del párroco.

Quedaba por cumplir el trámite de la inscripción en el registro parroquial, y el párroco de San Andrés, colérico y mohíno, interrogó bruscamente:

—           ¿Vuestro nombre?

—           Me llamo Gil Pérez, señor — respondió el tornero.

—           ¿Y vos?

—           María de las Angustias...

—           Bien. Ahora el padrino... ¿Os llamáis?. ..

El hidalgo contestó:

—           Me llamo Felipe.

—           Felipe ¿de qué?

—           Felipe — volvió a repetir secamente el interpelado.

El cura añadió con ira:

—           ¿Tal es vuestro apellido que os pesa el declararlo?

El desconocido se puso en pie violentamente, y una ola de sangre enrojeció sus marmóreas facciones. Después, más pálido que un muerto, pero con profunda y siniestra calma, dijo con voz solemne y señalando al libro parroquial:

—           Señor cura, poned ahí... Felipe II de Austria, rey católico de España y de sus Indias.

El párroco de San Andrés abrió desmesuradamente los ojos, su cuerpo se sacudió bruscamente, quiso, hablar y cayó muerto.

En el folio correspondiente a la partida bautismal del hijo del tornero, que se conserva aún en la parroquia de San Andrés de Granada, hay un borrón sobre el nombre del padrino y sigue luego la inscripción de letra distinta, perteneciente al teniente cura que terminó el acto.

Así fue un humilde menestral el "compadre" del rey más poderoso de la tierra.

El que en este relato ha figurado con el nombre de maese Pérez, no era sino Antonio Pérez, el célebre secretario de Felipe II.

 
López Ballesteros, L. Caras y Caretas, Buenos Aires (Argentina). Mayo de 1935.

martes, 10 de junio de 2014

La Emperatriz del Clavel


Publicada la entrada sobre la Casa del Americano, mi amigo Telésforo me narraba otro juego de amantes ocurrido en Granada, como la historia creo merece vuestra atención paso a contárosla:

Corría el año de 1526 cuando, tras recibir las oportunas dispensas de Roma pues eran primos, se casaron en Sevilla Carlos e Isabel.

No, no, no, perdonad, … la historia viene de mucho antes.

La culpa la tuvo el abuelo, os los presentaré:
Retrato de Maximiliano. Joos van Cleve, 1530.
Maximiliano, rey de Romanos, dueño de un imperio inmenso, desde el Mar del Norte hasta la frontera turca; padre de Felipe el Hermoso. Su nieto, Carlos, futuro Carlos I de España, lo adora.
La Familia del emperador Maximiliano; en el centro, su nieto Carlos, futuro Carlos V (Retrato de Bernhard Strigel).
Carlos, cuantas veces puede escaparse a la corte de su abuelo, gusta de admirar el retrato que le hizo Joos van Cleve, la seriedad, la bondad, la dulzura con la que sujeta una flor. Maximiliano le cuenta la trajo expresamente para su primera esposa María de Borgoña, madre de Felipe el Hermoso y abuela de Carlos, desde Persia. María falleció con solo 25 años tras una caída de caballo, Maximiliano nunca la olvidó. Carlos recordará siempre las lágrimas de su abuelo mientras le hablaba de ella.

Ahora si puedo volver a 1526. En Sevilla está próxima a celebrarse una de las muchas bodas por intereses políticos de las que tan amiga es la Corona de Castilla, Carlos I se casará con su prima Isabel de Portugal. Ésta, que hizo su entrada triunfal en Sevilla, el 3 de marzo espera la llegada de Carlos I. El 10 del mismo mes este encuentro se produce. Cuentan las crónicas que fue un auténtico flechazo: “ … cuando llegó al aposento de la emperatriz é se vieron, la emperatriz se hincó de rodillas é porfió mucho por le besar la mano. El Emperador se abajó mucho é la levantó abrazándola, é la besó, é la tomó por la mano, …”. Contra todo protocolo e impelidos por la pasión amorosa, dos horas después  de haberse conocido se casaron.

Pocos días después, el 13 de mayo, el emperador y su esposa, agobiados por los calores sevillanos, trasladan su corte a Granada.

Carlos, quizás recordando la flor que sostenía su abuelo en la mano, manda traer desde la lejana Persia una flor igual, un clavel, que le entregará a Isabel como promesa de amor. El clavel gustó tanto a Isabel que el Emperador ordenó sembrar todos los jardines de la Alhambra de claveles, que pronto extendieron su aroma por todos los rincones del Palacio.

-oOo-
Por un solo clavel, Granada ganó una emperatriz, la llamada Emperatriz del clavel; España, ganó el cultivo de esa flor, hasta entonces desconocida a este lado del Mediterráneo, y los enamorados, los claveles rojos, símbolo del amor vivo y puro.

Isabel murió a los 39 años, de su belleza y bondad podría dar testimonio Francisco de Borja, después santo, quien ante su cadáver, también aquí en Granada, juró “no más servir a señor que se me pueda morir”.

Fragmento del retrato de la emperatriz Isabel por Tiziano en 1548. Museo del Prado.
Carlos no volvió a casarse, años después en su alcoba en Yuste colocó el retrato que Tiziano hizo de Isabel; en septiembre de 1558, sintiendo cercana su muerte, pidió el crucifico que sostuvo ella en sus últimas horas y así, con los ojos puestos en el rostro que pintara Tiziano y las manos asiendo su crucifico, murió Carlos; fuera, en los jardines, crecían claveles rojos.

Bien puede ser cierto lo que algunos afirman, que Camões pensaba en ella al escribir este soneto:
Al ver vuestra belleza, oh amor mío,
de mis ojos dulcísimo sustento,
tan elevado está mi pensamiento
que conozco ya el cielo en vuestro brío.
Y tanto de la tierra me desvío
que nada estimo en vuestro acatamiento,
y absorto al contemplar vuestro portento
enmudezco, mi bien, y desvarío.

Mirándonos, Señora, me confundo,
pues todo el que contempla vuestro hechizo
decir no puede vuestras gracias bellas.
Porque hermosura tanta en vos ve el mundo
que no le asombra el ver que quien os hizo
es el autor del cielo y las estrellas.

Camões, Luís de (Versión de Alejandro Araoz Fraser)



viernes, 28 de febrero de 2014

El cerrojo de san Gil


Hablaba recientemente con una amiga sobre el cerrojo de San Gil y prometí contarle en forma breve el origen de la frase “agárrate, si te caes, al cerrojo de san Gil”, frase hoy día olvidada por los granadinos.

Trataré de hacerlo, aunque sea de forma apresurada, para dar respuesta a mi curiosa amiga:

La Iglesia de San Gil fue erigida en 1507 sobre el solar de la antigua mezquita de Al-Hattabin o de los leñadores.

La portada principal fue trazada por Diego de Siloe en 1555.


 
Muy deteriorada la iglesia, en 1868 se tomó la decisión de derribarla, obra que se ejecutó en 1869.

Quizás estas fotos fueran las últimas que la Iglesia se tomaron:


(Plaza Nueva e Iglesia de San Gil desde la Torre de la Vela)

Como si de un signo de la época se tratase, mientras se discutía su cierre por el escaso número de feligreses a escasos diez metros, en la ya desaparecida calle del Cañuelo, n.º 11, abría sus puertas el 25 de abril de 1869 la primera iglesia evangélica de Granada.

San Gil fue famosa en su tiempo por albergar la imagen de la Virgen de las Tres Necesidades, obra de José Risueño, imagen entonces muy venerada como amparo de todas las necesidades humanas, en 1760 se dispuso cambiarle el nombre por María Santísima de las Necesidades y en 1930, rompiendo con una tradición secular, alguien decidió llamarla Nuestra Señora de la Esperanza, denominación que conserva en la actualidad y que es muy lejana al propósito de Risueño al trabajar su bello rostro y manos, pero …


Quizás la existencia de esta imagen dio origen a la tradición que mantenía que aquellos que tocaban el cerrojo obtenían respuesta a sus necesidades, de este modo las cuerdas de presos que se dirigían desde la Cárcel Baja hasta la Audiencia al pasar junto a la puerta se agolpaban para tocar el cerrojo, costumbre que también adoptaron las mujeres que sentían que el tiempo pasaba y pareja no encontraban.

Al derribarla se conservaron algunos elementos pero no la cancela que posiblemente fue fundida para desgracia de los presos, mujeres y otros necesitados.

Entre los elementos que se conservaron lo fue el artesonado mudéjar, en él un vecino de Sorvilan llamado Pepe, en 1925, como si de una petición a Nuestra Señora de las Necesidades se tratara o bien quisiera tocar el cerrojo de San Gil, ocultó una carta de amor descubierta en agosto de 2013.


La tradición del cerrojo fue recogida por Antonio J. Afán de Ribera en su obra “Cosas de Granada” y por Nicolás de Paso y Delgado, en marzo de 1870, en la revista “El Liceo de Granada”, versión ésta última que reproduzco:

EL CERROJO DE SAN GIL.

Al distinguido poeta D. Aureliano Ruiz
                                    en testimonio de amistad.
 
Los que tienen la fortuna
de haber nacido ó vivir
en esta ciudad hermosa
de la Alhambra y el Genil;
paraíso de occidente,
sultana, maga y hurí,
conocen el vulgar dicho,
más grosero que feliz:
«agárrate, sí te caes,
al cerrojo de san Gil. »

Yo la tradición ignoro
de este modismo incivil
del granadino idioma:
no la intento descubrir;
mas, ciñéndome á la frase
popular, pretendo aquí
levantar sobre la idea
del hierro, metal ruin,
un romance titulado;
«el cerrojo de san Gil. »

Era el tal un gran cerrojo;
un cerrojazo, al medir
de una mano de jígante:
 Hércules, Sanson, Taríf.
Tan robusto y tan pesado,
que ni un moro marroquí
echarle hubiera podido,
ni moverle: paja, en fin,
es un roble, comparado
 al cerrojo de san Gil.

Por eso, en chanza y de burla,
Se acostumbraba decir
Á quien abrumado estaba,
Sin aliento el infeliz;
Al que, falto de padrino,
Padeció miseria vil,
Y á la crónica doncella
Que al altar no pudo ir:
«Pobrecitos, agarraos
Al cerrojo de san Gil.»

Era la frase, en verdad,
dura, grosera, incivil;
propia de un pueblo salvaje,
ó de los moros del Riff.
Pero ¿qué quieren ustedes?
Hay gentes que son así;
Cuyos vicios o resabios
Son su modo de existir;
Y por eso aquí tenían
El cerrojo de san Gil.

Pero son otros los tiempos;
y la iglesia al destruir
del bendito abad, su puerta
han arrancado de allí.
¿Dó está el cerrojo? Su hierro
habrá podido servir
para tijeras, dedales,
sierras, escoplos... en fin,
instrumentos de más uso
que el cerrojo de san Gil.

¡Sabe Dios si en este instante
algún obrero es feliz
manejando el buen martillo
que habrá podido fundir!
¡Sabe Dios si las agujas,
quizá ciento, quizá mil,
que aquel hierro contenía
en forma tosca y ruin,
más doncellas han salvado
que el cerrojo de san Gil!

Porque (sabedlo, pollitos;
niñas bonitas, oíd:)
el pensamiento encerrado
en aquel dicho infeliz,
propio de un pueblo ignorante
y por lo tanto, pueril,
era un insulto en los hombres
y en las bellas un desliz:
á nadie jamás sostuvo
el cerrojo de san Gil.

Mas la ilustración poniendo
su mano fecunda allí,       
cambió al punto su destino,
con mudanza tan feliz,
que en vez de un duro sarcasmo,
como lo ha sido hasta aquí;
en vez de una horrible burla
del estéril porvenir,
es una grata esperanza
el cerrojo de san Gil.

¡Oh gran riqueza del hierro'
Metal humilde y ruin,
despreciado, envilecido,
como pobre ó baladí:
yo te juzgo más precioso
que el oro puro de Ofir!
El hierro, en manos del hombre
trabajador, puede... ¡sí!
ser más útil, más benéfico,
que el cerrojo de san Gil.

Hierro y oro: dos metales
que bastan á resumir
la historia de todo el mundo
desde el principio hasta el fin.
El oro esclavos produce,
y el hierro debe servir
para libertar al pueblo...
con la industria, no en la lid.
Por eso también es libre
el cerrojo de san Gil.

Ya es menester que olvidemos
la antigua frase incivil
que resonó tantas veces
de la Alhambra al Albaicin;
y en lugar del dicho estúpido,
anticristiano, infeliz,
deben hoy los granadinos
ilustrados, repetir:
«¡bien haya quien hizo útil
el cerrojo de san Gil!»

¿Hay algunos todavía
que no lo entiendan así?
¿Hay quien censure mi tema,
ó diga: «le falta esprit?»
¿Hay algunos que motejen
a quien mandó destruir
la iglesia, puerta y cerrojo
del santo abad..? Pues oíd:
¡que se agarren los quejosos
al cerrojo de san Gil!

N. de Paso y Delgado