jueves, 19 de febrero de 2015

Callejón de el Niño del Rollo

El sábado mis amigos Isacio y Elia Pertiñez , grandes conocedores de Granada, dirigirán sus pasos hacia la Fundación Rodríguez Acosta en visita organizada por Secretos de Granada.

Una vez más no podré disfrutar de su compañía, pero si quería dejarles un breve apunte sobre el callejón por el que se accede al Carmen de la Fundación.

Hubo un tiempo en el que pasear por Granada era algo especial, los niños corrían por sus calles y los hombres y mujeres se sentaban bien en la puerta o en un improvisado merendero, los unos, los pequeños, y los otros, los mayores, con sus vidas daban vida a nuestras calles. Lorca, ese a quien como a Ganivet homenajean pero no leen nuestros políticos, dijo:

“Un granadino ciego de nacimiento y ausente muchos años de la ciudad sabría la estación del año por lo que siente cantar en las calles”[i]
Hoy, pobre de nuestro ciego, nuestros PoPulares munícipes, ayudados por la oposición solo interesada en Artefactos culturales, con un desmedido afán recaudatorio llevan a cabo la progresiva privatización de nuestras calles (basta con asomarse a las plazas de Bibarrambla, Pescadería, Mariana Pineda, Universidad, Trinidad, Gracia, …); de este modo, emulando al malvado Krank de La Ciudad de los Niños Perdidos[ii] han conseguido hacer desaparecer los niños, la imaginación, las canciones, … pero a diferencia de la genial creación de Jeunet, los detalles, el humor, la deliciosa música, la belleza, … están ausentes.

Así que solo nos quedan los niños de piedra y de uno de ellos quiero hablar. Seco de Lucena en su Guía Breve de Granada[iii] citaba tres calles dedicadas a niños: Niño del Rollo o Camino de la Sierra, Niños dormidos, entre el Callejón de los Franceses y la Plaza de Capuchinas, calle ya desaparecida, y Niños Luchando, entre Tendillas de Santa Paula y Aranda; hoy deberíamos añadir la placeta de Inmaculada niña allá por la colonia de la Divina Infantita, omitiendo la calle de Juan Niño dedicada a Juan Niño de Guevara, discípulo de Alonso Cano y autor de la bella estampa de la muerte de San Francisco Javier que se expone en la Catedral de Málaga.

A la primera de estas calles me voy a referir.

CALLEJÓN DE EL NIÑO DEL ROLLO





Durante la dominación árabe de Granada, los granadinos establecieron en el extremo meridional del cerro sobre el que se sitúa la Alhambra las llamadas Torres del Mauror o Bermejas, desde las mismas se dominaba la judería y la Antequeruela, así como los accesos a la Alhambra. Tras estas torres los granadinos crearon las mazmorras en las que sufrieron prisión muchos de los prisioneros castellanos y aragoneses capturados en continuas guerras civiles. Bermúdez de Pedraza, en su Historia Eclesiástica de Granada, nos recuerda que el sábado 3 de enero de 1492 cinco mil cautivos que se hallaron en las mazmorras de Granada fueron liberados, sus prisiones y cadenas aún están expuestas en el Monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo.



Es posible que esa zona, marginal, fuera empleada tras la conquista de Granada con idéntico fin, presidio, lo cierto es que Vico recoge en su plataforma (1596) la denominación “Mazmorras” e incorpora un elemento más, esa pequeña torrecilla que veis en el círculo rojo. Pues bien, ese era el Rollo de Granada, para García López[iv] sería una obra de manufactura árabe, opinión que no es compartida por otros autores.

A García López debemos la imagen del Rollo de Granada.




Similar a los numerosos rollos que se conservan, aunque en este caso con materiales más modestos. Sirva como ejemplo la imagen del Rollo de Alcaudete que me facilita D. Telésforo Ulierte, ilustre hijo de esa Villa:



La finalidad de éstos era la exposición a modo de advertencia de los miembros mutilados de los cautivos castigados a la máxima pena, “cuartos” que se colgaban de los ganchos laterales.

Pronto fue en Granada sustituida esta ubicación por la Torre de los Quartos (su nombre indica la finalidad) al inicio de lo que durante un tiempo se denominó Camino de Alcaudete, que al ser más transitado cumplía mejor la función correctora. Aunque parece que la costumbre de arrojar los “quartos” por cualquier lado era muy frecuente, como prueba que en 1614  los hermanos y cofrades del Santísimo Sacramento y cofradía de la Misericordia se dedicaran a recoger de los caminos los citados quartos:

“Domingo de Lázaro de este dicho año los hermanos y cofrades del Santísimo Sacramento y cofradía de la misericordia, que se sirve en el hospital de Corpus Christi de la ciudad de Granada, dieron principio al piadoso entierro de los ajusticiados que hacen quartos y ponen por los caminos; que le hicieron con la mayor pompa y celebridad que se haya visto, con mucho y lucido acompañamiento de clerecía y cofradías y frailes de muchas religiones, a los cuales se les dió cera y limosna acostumbrada que se les da en los acompañamientos de los entierros. Pusieron las caxas de los ajusticiados, que fueron cinco, en el humilladero de San Sebastián desde a donde empeçó la procesión o entierro hasta el dicho hospital … Fue uno de los días más celebres que se han visto en Granada y quedó establecido para perpetua memoria con licencia que dio el señor arçobispo”[v].
Así que poco a poco dejó de ser útil y en 1620, según Antonio Gallego y Burín[vi], fue demolido; para Francisco Fernández Navarrete, en 1732, el Rollo aún existía como recoge en su obra “Cielo y Suelo Granadino”.



Claro que olvidaba lo más importante, ¿porqué niño del rollo?, así que os invito a mirar una bella obra de Velázquez, la Adoración de los Reyes Magos:



ahora, mirad al niño envuelto en sus pañales[vii]:



mirad al rollo:



un niño envuelto en pañales, el niño del "Rollo"; en lo alto del cerro, entonces despejado, se veía un niño en pañales.

Y acabo.

Paz y santa Alegría

Javier



PD. Según el Diccionario de la Real Academia Española

ROLLO es "Columna de piedra, ordinariamente rematada por una cruz, que antiguamente era insignia de jurisdicción y que en muchos casos servía de picota".

ROYO, "Hongo de tamaño muy pequeño"



[i] GARCIA LORCA, Federico. (1984). Como Canta una ciudad de Noviembre a Noviembre. En Conferencias II. Madrid: Alianza Editorial.
[ii] JEUNET, Jean-Pierre (dir). (1995). La ciudad de los niños perdidos (videograbación). Francia.
[iii] SECO DE LUCENA, Luis. (1923). Guía Breve de Granada. (3ª. Ed.). Granada: Tipografía comercial.
[iv] GARCÍA LOPEZ, R. (1877, 15 de Agosto). Monumentos Árabes de Granada. La Ilustración Española y Americana. Madrid.
[v] HENRIQUEZ DE JORQUERA, Francisco. Anales de Granada: Descripción del reino y ciudad de Granada. Crónica de la Reconquista. (1482-1492). Sucesos de los años 1588 á 1646. Granada: Paulino V. Traveset
[vi] GALLEGO BURÍN, Antonio. (1941). El Rollo de Granada. Separata de Cuadernos de Arte, fascs. 7 al 12. Granada: Publicaciones de la Facultad de Letras.
[vii] Se conocía como pañal a la sabanilla o pedazo de lienzo en que se envolvían los niños de teta. Usado en plural se tomaba por toda la envoltura.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Teatro en Granada III

Hoy, querido Armando, tengo que darte una buena nueva.

Han restituido el cuadro de San José de la calle Milagro, desaparecido recientemente temí por su pérdida. 



De momento no he podido apreciar los efectos y calidad de la restauración pero traigo hasta aquí la prueba.

Con ocasión de esta restitución, una vez más te convoco, reúne a tu farándula, a los neófitos, a los noveles, a los actores consagrados, a todos los devotos de Talia[i] y Melpómene[ii] y pedidle a Tespis[iii] que os lleve en su carro, corred, … el 27 de marzo (Día Mundial del Teatro) –quedan 37 días- pegad una placa bajo esa imagen que recuerde que allí estuvo la primitiva Casa de Comedias de Granada, que ese suelo lo pisaron Luis de Góngora, Miguel de Cervantes, Agustín de Rojas Villandrando[iv], Lope de Vega, tal vez acompañando a la gran actriz Micaela de Lujan (La bella Lucinda[v], su amante entre 1599 y 1608). Antonio Mira de Amescua[vi], la Caramba, …

Acudid con vuestro mejor vestuario y atrezo, recitad vuestros mejores papeles, haced historia, disfrutad, no sea que Hades[vii] os lleve a su reino y como nuestro querido Isidoro Máiquez[viii] solo podáis decir: “… voy a estrenar mi última tragedia y, por desgracia, es la primera vez que no sé el papel”.

Y poco más. Felicitad a los gestores de la Inmobiliaria Guerrero y Ramirez, propietarios del inmueble de la calle Milagro, número 3, y desearte …

Paz y santa Alegría

Javier





[i] Talia (en griego antiguo Θάλεια, del verbo θάλλεω, thálleô: ‘florecer’) era una de las dos musas del teatro, la que inspiraba la comedia y también era musa de la poesía bucólica o pastoril.

[ii] En la mitología griega, Melpómene (en griego Μελπομένη "La melodiosa") es una de las dos Musas del teatro. Inicialmente era la Musa del Canto, de la armonía musical, pero pasó a ser la Musa de la Tragedia como es actualmente reconocida.

[iii] Tespis (griego antiguo, Θέσπις: Thespis; Icaria, actual Dionýsios, Ática Oriental, fl. ca. 550 - 500 a. C.) fue un dramaturgo griego del siglo VI a. C. Es considerado uno de los padres griegos del teatro

[iv] Agustín de Rojas Villandrando (Madrid, 1572 - Paredes de Nava, Palencia, antes de 1635), escritor, actor y dramaturgo español del Siglo de Oro, especializado en el género de la loa. Vivió en varias ciudades de España: Sevilla, Granada, donde al prohibirse las comedias entre 1598 y 1600 tuvo que poner una mercería con la que vivió una efímera etapa de esplendor económico, y Valladolid (1602) sin que a veces se supiera de qué se mantenía, por lo que le llamaron "El caballero del milagro".

[v] Belleza singular, ingenio raro,
fuera del natural curso del cielo,
Etna de amor, que de tu mismo hielo
despides llamas, entre mármol Paro.

    Sol de hermosura, entendimiento claro,
alma dichosa en cristalino velo,
norte del mar, admiración del suelo,
émula al sol, como a la luna el faro;

    milagro del autor de cielo y tierra,
bien de naturaleza el más perfecto,
Lucinda hermosa en quien mi luz se encierra:

    nieve en blancura y fuego en el efecto,
paz de los ojos y del alma guerra,
dame a escribir, como a penar, sujeto.

[vi] Antonio Mira de Amescua (Guadix, Granada, 1577 - ibíd., 1644), poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro.

[vii] En la mitología griega Hades (en griego antiguo δης Hadēs, originalmente ιδης Haidēs o ΐδης Aïdēs —dórico ΐδας Aidas—, ‘el invisible’) alude tanto al antiguo inframundo griego como al dios de éste.

[viii] Isidoro Máiquez (Cartagena, 1768 - Granada, 1820), actor español, considerado el mejor de su época. Granada le dedicó un monumento, en la actualidad en la Plaza del Padre Suarez, y Caja Granada dedicó un Teatro anexo a su Museo Memoria de Andalucía, al que posteriormente llamó CajaGranada, quizás con el único ánimo de recordar existió una caja de ahorros llamada Caja Granada.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Origenes del selfie

En ocasiones el hombre en su vanidad cree haber creado el mundo.

Pues bien, 19 de julio de 1915, revista "Alrededor del mundo", el hombre creó el selfie (hace solo 100 años)





http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001911804&page=13&search=retratandose&lang=es
Y es que "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Qohéleth, 1:2)


Paz y santa Alegría

Javier

domingo, 1 de febrero de 2015

La Candelaria


Ayer domingo alguien, de modo involuntario, me recordó que nuestro Padre, Dios, no es ajeno al mundo; mientras mi amigo hablaba sobre la importancia de la autoridad yo miraba a mis amigas Luisa y Luisa, Ana, Antonio, buscaba a la Inmaculada ausente, recordaba a Karen, a mis hijas y ese viejo Nuevo Testamento naranja que compartíamos en el que les escribí:


Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.”


(¿Dónde estará el pequeño libro? Posiblemente ellas no recordaran la frase pero hoy sé que la semilla cayó en buena tierra)


Y es que cada día, nuestro Padre, Dios, nos recuerda su presencia en el mundo; ajeno a lass vanidades, a los sabios y a los entendidos, y cada año al acabar la lectura del capítulo 1 de la carta primera a los Corintios:


sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte


el lector exclama: “PALABRA DE DIOS” y la comunidad lo ratifica “TE ALABAMOS SEÑOR”. Aunque posiblemente la rutina nos impida OIR la Palabra de Dios.


Pero hoy iba por otro tema, ya estamos en la Candelaria, en la Presentación del Señor, hace tiempo trate de recuperar esta fiesta pero o bien no me expliqué o bien no me entendieron y no fue posible, así que comparto con vosotros la reflexión de Anselm Grün sobre esta fiesta y os pido que encendáis una vela en vuestra casa y mientras escucháis “Ich habe genug”, en la voz de Lorraine Hunt Lieberson, os perdáis alabando a nuestro Padre, como recomienda el autor, y es que para Dios Luisa, Luisa, Ana, Antonio, Inmaculada, Karen, Fátima, Raquel, Bibiana… “sois la luz del mundo” (Efesios 5:8).




Ich habe genug!

Mein Trost ist nur allein,

Daß Jesus mein und ich sein eigen möchte sein.


¡Ya tengo bastante!

Mi esperanza se halla tan sola,

que Jesús debería pertenecerme y yo a Él.


17. Llevarse velas a casa (la Candelaria)
TRADICIÓNALMENTE, el tiempo de Navidad concluía con la fiesta de la Candelaria. Hoy día, esta liturgia se denomina «Fiesta de la Presentación del Señor». En la economía campesina, ésta era antiguamente una fiesta importante, pues en ese día comenzaban su servicio los criados y las sirvientas. La Iglesia oriental la denomina «fiesta del Encuentro». Simeón y Ana se encuentran en el Templo con María, José y el Niño. Simeón toma a éste en sus brazos y canta a la luz que en ese niño ha resplandecido para nuestro mundo.
Para mí, escuchar la cantata de Johann Sebastian Bach Ich habe genug, interpretada por Dietrich Fischer-Dieskau, forma parte del rito de este día. En dicha cantata de Bach oímos al Simeón bíblico, que ha visto en el niño la salvación y con ello «tiene bastante» y puede ya irse en paz. Con esta música maravillosa termina para mí el tiempo de Navidad. Ella me invita a acoger a Cristo en mi corazón y a caminar con él a lo largo del año en la vida cotidiana.
En este día, al comienzo de la celebración de la Eucaristía se bendicen velas y se encienden. Con ellas se entra en la iglesia a oscuras, y luego, al final de la celebración, se llevan a casa. Si te es posible, toma parte este día en el culto y llévate la vela bendecida a tu casa. Si no te es posible, enciende ese día una vela en tu vivienda tomando conciencia de lo que eso significa. Quizá tengas en casa una imagen o una estampa de María. Pon la vela encendida delante de la imagen de la Virgen. María es una imagen de nosotros. Como María, también nosotros debemos llevar a este mundo la luz de Jesucristo. Gracias a ti, este mundo se hará más luminoso y humano. Confía en que tú mismo llevas luz en tu interior y eres luz. La vela pretende indicarte quién eres en el fondo: una luz que ilumina los corazones de los demás.
Bendice la vela que vas a encender en tu vivienda. Bendecir significa decir palabras que expresan la esencia de la vela. Puedes hacerlo con las siguientes palabras:
«Dios de misericordia y bondad, bendice esta vela que encendemos en la fiesta de la Presentación del Señor. Que su luz lleve a nuestro mundo y a nuestra vida cotidiana la luz de Jesucristo, para que también en nuestra actividad cotidiana estemos rodeados y bendecidos por tu luz. Que tu luz, que resplandeció en el nacimiento de Jesucristo, ilumine nuestras tinieblas. Que lleve luz a nuestro trabajo, para que a través de él el mundo se haga más luminoso. Y haznos sentir en esta luz la calidez de tu amor, para que con todo cuanto hagamos y digamos se difunda en este mundo tu amor. Que esta vela brille y caliente así la frialdad de nuestro corazón y de nuestro mundo, por Cristo nuestro Señor. Amén».
Un rito de luz que promete el buen éxito de nuestra vida es el siguiente...
Siéntate en silencio delante de una vela y enciéndela con atención.
Asegúrate con este sencillo rito de que la luz de Dios amanece sobre tu vida y te promete que tu vida tendrá buen éxito.
Naturalmente, sabes que el buen éxito de tu vida no depende de que enciendas la vela. Pero, al encender la luz con atención, expresas que tu vida está bajo la promesa de Dios: «Yo llevaré a cabo en ti lo que te he prometido».
Mira a la luz y deja que penetre en todos los abismos de tu alma.
Mira esos ámbitos cerrados en los que yace escondido lo reprimido y ocultado.
Mira la oscuridad de tu tristeza, de tu miedo, de tus dudas, de tu inseguridad, de tu vacío.
Imagina que todo cuanto hay en ti queda iluminado por esta luz cálida y delicada de la vela.
Con la luz penetra en ti el amor de Dios.
Dicho amor no te condena. Te hace saber que todo cuanto hay en ti tiene derecho a ser. Pero todo puede también quedar transformado por la luz y por el amor.
En este rito no se trata de pensar mucho. Sencillamente, deja penetrar la luz en ti.
Quizá luego sientas cómo se te caldea el corazón, cómo entra en ti el amor y te hace saber que todo está bien.
Quizá surjan también anhelos o necesidades o aspectos no vividos de ti mismo.
A veces esto puede resultar doloroso.
Pero es bueno que la luz de la vela te ponga en contacto con tu anhelo.
Te pone de manifiesto que tu vida no es tan estrecha ni tan vacía como a veces te parece.
En ti está Su luz. Él quiere iluminar todo cuanto hay en ti, sanarlo, llenarlo de amor y de esperanza.


Anselm Grün. 50 ritos para la vida. Sal Terrae.

martes, 14 de octubre de 2014

El Compadre Felipe


Hoy, 14 de octubre de 2014, se cumple el 513 aniversario de la erección de la Parroquia de San Andrés de Granada. Parroquia que a sus muchos méritos añade la de haber tenido como padrino de un bautizo a un rey de España. Como  a la historia publicada no creo deba añadir algo más,  os la traslado.

Quienes conocemos al párroco actual podemos afirmar que poco tiene que ver con el de la historia.
Paz y santa Alegría,
Javier
 

 

EL COMPADRE DEL TORNERO

(Tradición de Granada)

Por Luis López Ballesteros

 
Reinaba a la sazón en España la católica majestad del señor rey don Felipe II. El césar Carlos V, su augusto padre, encerraba a los pontífices en el castillo de Santangelo, y su piadoso heredero daba carne humana a las hogueras en tanto que rezaba por el alma los atormentados.

El nombre y los hechos del sombrío Austria "llenan muchas páginas de la historia; pero en esa leyenda popular, transmitida de padres a hijos, ha dejado también un recuerdo, negro como la ropilla que vestía, y un buen número de tradiciones que atestiguan el respeto, mejor dicho, el miedo que inspiraba.

¿Quien no recuerda el caso aquel ocurrido a uno de sus secretarios, que confundió la salvadera con el tintero y en presencia del regio amo emborronó el papel en que escribió? ¿Quién no tiene en la memoria algún pasaje de los muchos que andan en boca del vulgo, corregidos y aumentados por la fecunda vena del pueblo? El que voy a relatar ocurrió en Granada.

Y fue así:

Aunque apenas habían repicado el toque de animas en la torre de la catedral, soplaba de tal manera el cierzo de Sierra Nevada y era tan mortecina y triste la luz del crepúsculo, que las tortuosas callejas granadinas estaban desiertas. Digo, pues, que los buenos vecinos de la antigua corte de los Nazaritas no daban señales de vida, y que la ronda que velaba por su tranquilidad con la vara de la ley en la mano, no topó, aquel obscurecer pálido y frío, más que con la densa neblina, y a Io más, a lo más, con algún rondador enamorado que, de pechos en el moruno ajimez, daba gracias a la obscuridad y a su buena suerte.

Por una de las calles más estrechas y solitarias cruzaban dos hidalgos, y aunque el traje los igualaba, conocíase por el respetuoso ademán de uno de ellos que el otro picaba más alto en alcurnia y en señorío. Caminaban los dos en silencio, cuando de pronto, al doblar un ángulo de la calleja, sonaron voces y gemidos que parecían salir como del fondo de una tumba, y ambos se detuvieron delante de una casa de miserable aspecto.

Uno de los hidalgos exclamó:

           No parecen muy satisfechos los habitantes de esta casa, maese Pérez.

           No, en verdad, señor, a juzgar por sus voces y su lloriqueo.

Llegó éste a tal punto, que d hidalgo volvió a exclamar:

           Por mi vida, que algo grave ocurre a esa pobre gente. Subid, maese Pérez, y ved lo que pasa para tal desconsuelo, que no parece sino que se trata de su salvación eterna.

Maese Pérez obedeció la orden. Subió, empujó una puertecilla, y a la luz moribunda de un menguado candil columbró una estancia mezquina y apiñados en ella una mujer, joven aún, una vieja que estrechaba en sus brazos a una criatura y un hombre que, como agazapado en un rincón, miraba hoscamente al suelo.

Maese Pérez abarcó de una mirada el cuadro, murmuró un “Dios os guarde" y preguntó:

           ¿Podéis decirme a qué vienen tales lamentos? Cruzaba por la calle y subí al oírlos, por eso os interrogo.

Tranquilizada con estas razones la anciana contestó:

           Sepa vuestra merced, señor hidalgo, que a mi hija, que está aquí presente para serviros, le nació ayer un hijo de legitimo matrimonio, y aunque es ella, y somos todos, si pobres y miserables, cristianos viejos y buenos servidores del rey nuestro señor, el cura de San Andrés — que es nuestro párroco — se niega a bautizar a la inocente criatura porque no tenemos en el arca ni un solo maravedí ni de dónde nos venga para pagarle sus gajes y saldar los derechos de pila. Mire vuestra merced si tiene causa justa nuestro quebranto y si no clama a Dios tamaña crueldad y avaricia.

Maese Pérez oyó las sencillas razones de la vieja, y cuando hubo concluido dirigióse a la madre del niño y preguntóle:

           ¿Es cierto lo que dice esta anciana, buena mujer? Que cuidéis os digo — prosiguió — de decir la verdad; porque, en Dios y en mi ánima que si lo fuere lo apuntado, merece el reverendo padre perder, por bellaco, las dos orejas. Hablad, pues, con tiento.

           Señor, lo que mi madre os dijo no es sino el evangelio, y eso mismo os repetirá todo el barrio si preguntado fuere.

Echóse a llorar la joven, y el hidalgo que tan a conciencia llevaba su inquisitoria, preguntó al marido:

           Y vos, ¿qué decís a todo esto?

           Digo y aun juro por la Santísima Virgen de las Angustias, contestó bruscamente el tornero — tal era su oficio — que ha de vérselas conmigo el grandísimo sinvergüenza que por un puñado de negros y maldecidos ochavos morunos, le regatea hasta la salvación eterna a nuestro hijo.

Terminado el interrogatorio, maese Pérez paseó su mirada escudriñadora por la mísera estancia y miró con ternura al niño dormido sobre el regazo de la abuela. Aquel hombre de rostro serio y facciones duras parecía conmovido. Iba ya a sacar unas cuantas doblas de la bien repleta bolsa, cuando de pronto, haciendo un gesto irónico casi imperceptible, “esperad" — dijo a la familia del tornero; y ya fuera de la habitación, añadió en voz baja y sombría: — “Demos ocasión a la vanidad de los poderosos; a “él” debe corresponderá toda la “gloria" de esta acción.

El embozado le esperaba con impaciencia, y apenas apareció en el hueco del portal la negra silueta de su acompañante, le interrogó brevemente:

           Veamos, maese Pérez, ¿sabéis ya lo que ocurre?

           Señor, la injusticia más grande que he visto en mi vida; un sacerdote que se niega a cristianar a una infeliz criatura porque los padres no tienen para el bautizo.

           ¿Y ésos que lloraban?...

           Son la madre y la abuela, señor; el padre, que es un infeliz tornero, está también arriba jurando por la Virgen de las Angustias que ha de pagárselas el reverendo padre.

           Cosa grave es entregarse a la desesperación, maese Pérez. Pero vamos en su auxilio, que así Dios me salve si éste no es un caso de conciencia.

El embozado dió un paso hacia el portal.

           Señor, ¿vais a subir por esa sucia y angosta escalera?

           Callad, maese Pérez, más angosta es la de la vida y la subimos todos. ¡Feliz el que halla a Dios al pisar el último peldaño!

Maese Pérez se inclinó respetuosamente.

Poco después, la familia del menestral contemplaba con ojos asombrados al misterioso hidalgo... El cual bajó por primera vez el embozo de su capilla, y a la escasa luz del candil pudieron columbrar un rostro sombrío, como encajado en el marco de una barba rojiza y puntiaguda. Amplia gorguera de finísimo encaje ceñía el cuello del caballero y sobre la negra ropa que cubría su busto relucía una maciza cadenilla de oro.

           ¿Es éste el niño? — preguntó a la abuela que mecía en sus brazos a la inocente criatura.

           Este es, señor, — respondió la anciana mirando con embeleso a su nietecito.

El de la barba roja clavó en él la mirada, y al fin, con acento reposado y solemne, exclamó:

           Pues alegraos, buena mujer.

Y luego, dirigiéndose a la madre, a quien el respeto había hecho enmudecer:

           Yo seré, - añadió — el padrino de vuestro hijo. Llevadlo mañana a la casa de Dios y allí me encontraréis.

Dejó sobre la mesa una bolsa de oro, y antes de que la sorpresa cediera su puesto a la gratitud, se dirigió hacia la puertecilla, y posando una mirada severa en el tornero, murmuró con acento glacial:

           La Virgen de las Angustias os ha oído; cuidad de aquí en adelante de no jurar venganzas en su santo nombre.

Salieron, y ya en la desierta y lóbrega calleja se oyó una voz grave que preguntaba:

           ¿Sabéis quién es el cura, maese Pérez?

           Sí tal, señor; el cura de San Andrés.

           Pues no lo olvidéis — dijo.

E inclinando la cabeza sobre el pecho, guardó silencio.

A la mañana siguiente, maese Pérez entraba en la iglesia de San Andrés.

           ¿Sois vos el cura párroco?

           Yo lo soy, por la bondad de Dios — contestó el interpelado.

           Mucha será la suya, buen padre.

           ¿Lo decís por la que a mi me otorga? — exclamó amostazado el sacerdote, que había cazado al vuelo la réplica.

Maese Pérez no contestó.

           Tomad — le dijo — estos escudos y revestid de sus mejores ornamentos este santo templo. A la hora del “Ángelus” bautizaréis a un niño. Cuidad de cumplir mis órdenes y preparadlo todo, porque os importa mucho.

Hizo una reverencia y salió.

Poco antes de sonar en la torre de la catedral las doce campanadas del mediodía, la familia del tornero llegó a la iglesia. Llevaba la madre el niño en sus brazos, y por todo cortejo la abuela vistiendo juboncillo y falda de estameña, y el padre con trusa dominguera, limpio calzón y borceguí de cuero, mercado todo aquel mismo con los doblones del hidalgo.

."—Mucho tendremos que esperar — dijo la anciana contemplando la iglesia adornada lujosamente, — parece que hoy repican gordo.

Acertó a cruzar por allí el codicioso párroco, “Con gesto más avinagrado que de costumbre quizá porque recordaba la picante alusión de maese Pérez a la infinita bondad de Dios — se encaró con los importunos gritándoles sin Pizca de caridad:

           ¿Otra vez aquí? Ya os he dicho que en San Andrés no se bautiza de balde... ¡Con que largo!

           Y yo os afirmo lo contrario, reverendo padre — murmuró a su espalda una voz.

Y mientras el cura buscaba, sorprendido y colérico, a aquel que le contradecía tan terminantemente, el tornero, su mujer y la anciana reconocían al hidalgo de la ropilla negra, la barba rojiza y puntiaguda y el mirar sombrío...

           ¡El desconocido! — exclamaron los tres.

           El padrino, queréis decir. Os lo prometí, y yo nunca falto a mi palabra. Ya lo oís, padre; yo apadrino a esta criatura. Estas galas que resisten los muros son para él; con que así, apresurad la ceremonia.

El niño recibió, por fin, sobre su inocente cabeza aquella agua bautismal tan regateada Por la codicia del párroco.

Quedaba por cumplir el trámite de la inscripción en el registro parroquial, y el párroco de San Andrés, colérico y mohíno, interrogó bruscamente:

           ¿Vuestro nombre?

           Me llamo Gil Pérez, señor — respondió el tornero.

           ¿Y vos?

           María de las Angustias...

           Bien. Ahora el padrino... ¿Os llamáis?. ..

El hidalgo contestó:

           Me llamo Felipe.

           Felipe ¿de qué?

           Felipe — volvió a repetir secamente el interpelado.

El cura añadió con ira:

           ¿Tal es vuestro apellido que os pesa el declararlo?

El desconocido se puso en pie violentamente, y una ola de sangre enrojeció sus marmóreas facciones. Después, más pálido que un muerto, pero con profunda y siniestra calma, dijo con voz solemne y señalando al libro parroquial:

           Señor cura, poned ahí... Felipe II de Austria, rey católico de España y de sus Indias.

El párroco de San Andrés abrió desmesuradamente los ojos, su cuerpo se sacudió bruscamente, quiso, hablar y cayó muerto.

En el folio correspondiente a la partida bautismal del hijo del tornero, que se conserva aún en la parroquia de San Andrés de Granada, hay un borrón sobre el nombre del padrino y sigue luego la inscripción de letra distinta, perteneciente al teniente cura que terminó el acto.

Así fue un humilde menestral el "compadre" del rey más poderoso de la tierra.

El que en este relato ha figurado con el nombre de maese Pérez, no era sino Antonio Pérez, el célebre secretario de Felipe II.

 
López Ballesteros, L. Caras y Caretas, Buenos Aires (Argentina). Mayo de 1935.